viernes, 17 de enero de 2014

Máximo Beltrán - fragmentos autobiograficos para un proyecto literario. RELATO 6

6.-
Caminaba tranquilo, atrás de la cureña, mis tíos, primos y los viejos venidos “de otros planetas” y que desconocía, me acompañaban, me llevaba de la mano un tío, de esos que aparecen en los casamientos y funerales, y que encuentras en las fotos viejas y nadie después recuerda; es que la familia de mi madre era muy grande; recuerdo en esas conversaciones de tarde a una de las tías decir que en Chillan éramos todos primos; gran error, al volver a Chillan, en los setenta, trate de rearmar esa historia, encontré a todos muertos y los pocos pensaron que andaba detrás de herencias y fortunas; mi madre los dejo de visitar, y el álbum familiar lo conservó una de las tías que cuidó a la abuela, que por lo general eso suele ocurrir, ella guardó también los recuerdos y los secretos. Ese no fue mi caso, solo me quedo observar de lejos las fotos viejas y razguñar los secretos malamente y a hurtadillas.

La procesión mortuoria seguía lenta por las calles, atrás, bien atrás los peugueot, y las citronetas, el calor de las calles de tierra y el sonido de las ruedas de la cureña. Tenía siete años y a mi abuelo lo íbamos a enterrar los hombres y los hombres lo abrazamos, y los hombres lo bajamos y los hombres de “distintos lugares del planeta” lo invocaron. Cuando cruzamos la puerta del cementerio una cruz alta nos recibía, con un Cristo doliente casi humano, recuerdo el color de ese día, era verdaderamente negro, era el misterio de ir a enterrar a un hombre sin dios ni cruces; pero ahí estaba ese Cristo que me hablaba de mi abuelo; porque mi abuelo no era ateo como creían, era más creyente que todos los que están leyendo estas líneas.



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